Autor: Gabriel García

Imagino que los lectores de En Marcha habrán aprovechado estos días de Navidad para estar con la familia y disfrutar de su compañía. La televisión habrá sido la menor de sus preocupaciones, dejando a un lado el bombardeo constante de la ingeniería social del Sistema. No quiero empezar el año hablando sobre el nuevo show de Nochevieja de la femiprogre Cristina Pedroche, petarda profesional donde las haya, ni sobre la radicalización de la ofensiva propagandística de la ideología de género; mucho me temo que, a lo largo de este 2019, veremos incrementado el nivel de acoso y derribo contra quienes nos oponemos a esa siniestra propaganda. Si algo me ha llamado la atención durante estos días ha sido la nueva campaña de Bankia que, bajo el lema de No uso dinero, busca la captación de los clientes más jóvenes.

 

El anuncio no va dirigido en ningún momento a un público más adulto, a juzgar por el tipo de personas que aparecen. Resulta complicado que los cincuentones, por ejemplo, vayan a asimilar que es posible desprenderse del dinero físico más allá de las tarjetas de crédito y débito; y los jubilados, que al paso que vamos serán el grupo poblacional más numeroso de aquí a un par de décadas, menos aún. En cambio la población más joven, denominados por los gurús de turno como nativos digitales, ve con toda naturalidad no sólo que su vida entera se encuentre en un dispositivo móvil, sino que además sirva para abonar los gastos que le surgen por medio de las más diversas aplicaciones (y más aún si por televisión le presentan que el prototipo de persona triunfadora, antaño con la cartera a rebosar de billetes, ahora es quien paga por medio de un teléfono móvil). La tendencia parece clara: sustituir el dinero físico por las bases de datos de las entidades financieras. Tal y cómo evoluciona esta sociedad, las distopías que nos presentan un mundo absolutamente robotizado y sin privacidad nos esperan a la vuelta de la esquina.

 

Incluso en un modelo económico donde el dinero se utiliza como un bien especulador más que como un medio con el que intercambiar bienes y servicios, al menos hasta ahora nos quedaba el consuelo de que los Estados respaldaban la emisión de dinero físico y ofrecían la confianza suficiente para que la codicia de los oportunistas de turno no nos hundiera (todavía más) en la ley de la selva. El repugnante contubernio entre Estados y mercados ha roto esa confianza, motivada sin duda por los rescates con dinero público de las mismas entidades que han especulado con el dinero de sus clientes (y de lo cual Bankia es uno de los ejemplos más sangrantes tras el escandaloso saqueo que ha implicado a partidos políticos, patronal y sindicatos). El problema es que la solución planteada para el futuro no es mucho mejor: sustituir la confianza en los Estados por la confianza en las entidades financieras.

 

A día de hoy se antoja complicado confiar en la validez del dinero virtual conociendo los antecedentes del saqueo de las cajas de ahorros y el negocio usurero de los bancos, tanto como confiar en la integridad moral de los representantes políticos; por ello, hemos de estar prevenidos sobre los planes que nos tienen preparados. Aún queda mucho tiempo para que se plantee en serio la retirada del dinero físico y su completa sustitución por el dinero virtual. Ese día llegará, no cabe duda; la cuestión es si, para entonces, esas bases de datos donde se almacene el sudor de nuestra frente quedarán bajo el absoluto control de las entidades financieras o será el Estado quien se encargue de ofrecer confianza para dicho sistema. Nacionalizar los servicios de crédito y reconquistar el Estado para la gente honrada no es una utopía ni una reivindicación pasada de moda, sino una imperiosa necesidad para nuestra dignidad y supervivencia.

 

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