El Estado, al servicio de la Nación

Norberto Pico

Artículo publicado en el Boletín «Milicia» número 57 de Juventudes Falangistas de España.

El Estado, como forma específica de ejercicio del poder, tiene hoy no pocos detractores. Destacan entre ellos por su activismo antiestatal las distintas corrientes liberales. Desde las más moderadas, defensoras del debilitamiento del Estado frente a la sociedad civil, a la que tratan de presentar siempre como víctima y enemiga irreconciliable de aquel. Hasta las más radicales, partidarias de la completa desaparición del Estado.

Pero no sólo en el liberalismo o el anarquismo encontramos crítica a la forma estatal de organización. También el tradicionalismo, rival del liberalismo, sostiene una valoración negativa del Estado en lo que tiene de estructura uniformadora, tan distinta a la forma imperial previa.

Frente a todas estas críticas, la Falange y los falangistas aparecemos desde antiguo y hasta día de hoy como firmes partidarios del Estado. Ahora bien ¿constituye la defensa del Estado el eje fundamental de nuestra doctrina?; ¿se trata de un apoyo incondicionado e ilimitado o debemos perfilar sobre el mismo algunos contornos?; ¿aparece en rigor el estatismo en la formulación original de nuestros fundadores o es más una suposición de terceros por identificación con otras doctrinas? Tratemos de aproximarnos.

Conviene antes fijar algunas definiciones para deshacer el posible equívoco entre conceptos que, en no pocas ocasiones, utilizamos indistintamente como si fuesen equivalentes, no siéndolo: pueblo, nación y Estado. Un pueblo es una comunidad que comparte rasgos identificables objetivos: religión, raza, cultura, trayectoria histórica, etc. Es por tanto un referente antropológico. La nación, por su parte, es un pueblo (o conjunto de ellos) que toma conciencia política y se afirma frente a otras comunidades políticas. La nación es el elemento histórico, espiritual y político que expresa la identidad de lo que eres. La unidad de destino. El Estado, por su parte, es el aparato técnico, administrativo y burocrático al servicio de la nación.

Partamos de la fórmula empleada en la Norma Programática de FE de las JONS publicada en febrero de 1934: “Nuestro Estado, será un instrumento totalitario al servicio de la integridad patria”. Lo fácil -lo que suelen hacer los enemigos de Falange- es fijar la vista en el término totalitario y hacer una lectura del mismo en el sentido que la ciencia política le dio después para calificar a los regímenes soviético y nacionalsocialista, concluyendo de este modo que la propuesta de Falange es equivalente. Pero para eso se ha de obviar el resto de la afirmación contenida en el punto sexto de los 27 fundacionales, lo que constituye una manipulación. Porque un “instrumento al servicio de” es, evidentemente, un subordinado. Un medio, no un fin.

Raimundo Fernández-Cuesta dedicó al asunto un opúsculo del que podemos rescatar algunas afirmaciones suficientemente aclaratorias:

…”El Estado, según la Falange, se explica en cuanto sirve para este fin superior de servicio a la integridad de la Patria… Este carácter instrumental del concepto del Estado, no sólo se reconoce en el punto 6° del programa, sino que desde los días fundacionales aparece ya recogido y explicado en los principales escritos y discursos de José Antonio y de los propagandistas más autorizados de la doctrina… Servir no sólo a las preocupaciones materiales de los españoles, sino, sobre todo, y esto sí que es importante, al destino total de España”…  (El concepto falangista del Estado, Raimundo Fernández-Cuesta. Instituto de Estudios Políticos, 1944.).

Destaquemos algunos de los más esclarecedores textos de José Antonio a los que se refiere quien fuese primer Secretario General de FE de las JONS:

  • “La divinización del Estado es cabalmente lo contrario de lo que nosotros apetecernos. Nosotros consideramos que el Estado no justifica en cada momento su conducta, como no la justifica un individuo, ni la justifica una clase, sino en tanto se amolda en cada instante a una norma permanente. Mientras que diviniza al Estado la idea rousseauniana de que el Estado, o los portadores de la voluntad que es obligatoria para el Estado, tiene siempre razón; lo que diviniza al Estado es la creencia en que la voluntad del Estado, que una vez manifestaron los reyes absolutos, y que ahora manifiestan los sufragios populares, tiene siempre razón. Los reyes absolutos podían equivocarse; el sufragio popular puede equivocarse; porque nunca es la verdad ni es el bien una cosa que se manifieste ni se profese por la voluntad. El bien y la verdad son categorías permanentes de razón, y para saber si se tiene razón no basta preguntar al rey –cuya voluntad para los partidarios de la soberanía absoluta era siempre justa–, ni basta preguntar al pueblo –cuya voluntad, para los rousseaunianos es siempre acertada–, sino que hay que ver en cada instante si nuestros actos y nuestros pensamientos están de acuerdo con una aspiración permanente.

Por eso es divinizar al Estado lo contrario de lo que nosotros queremos. Nosotros queremos que el Estado sea siempre instrumento al servicio de un destino histórico, al servicio de una misión histórica de unidad: encontramos que el Estado se porta bien si cree en ese total destino histórico, si considera al pueblo como una integridad de aspiraciones, y por eso nosotros no somos partidarios ni de la dictadura de izquierdas ni de la de derechas, ni siquiera de las derechas y las izquierdas, porque entendemos que un pueblo es eso: una integridad de destino, de esfuerzo, de sacrificio y de lucha, que ha de mirarse entera y que entera avanza en la Historia y entera ha de servirse”… (Intervención parlamentaria en respuesta a Gil Robles, diciembre de 1933).

  • ”Hace falta un Estado fuerte, pero no como instrumento tiránico, sino como servidor de una gran unidad de destino patrio. No hay pueblos ni unidades libres, sino que hay unidades históricas de hombres libres, y cuando el Estado recobre esta noción de nuestro destino podremos tener autoridad hasta el punto de que la norma como el Poder sean sinónimos de acatamiento”. (Conferencia pronunciada en Zaragoza, febrero de 1935).
  • ”Mañana, pasado, dentro de cien años, nos seguirán diciendo los idiotas: queréis desmontarlo para sustituirlo por otro Estado absorbente, anulador de la individualidad. Para sacar esta consecuencia, ¿íbamos nosotros a tomar el trabajo de perseguir los últimos efectos del capitalismo y del marxismo hasta la anulación del hombre? Si hemos llegado hasta ahí y si queremos evitar eso, la construcción de un orden nuevo la tenemos que empezar por el hombre, por el individuo, como occidentales, como españoles y como cristianos; tenemos que empezar por el hombre y pasar por sus unidades orgánicas, y así subiremos del hombre a la familia, y de la familia al Municipio y, por otra parte, al Sindicato, y culminaremos en el Estado, que será la armonía de todo. De tal manera, en esta concepción político-histórico-moral con que nosotros contemplamos el mundo, tenemos implícita la solución económica; desmontaremos el aparato económico de la propiedad capitalista que absorbe todos los beneficios, para sustituirlo por la propiedad individual, por la propiedad familiar, por la propiedad comunal y por la propiedad sindical”… (Discurso sobre la Revolución española, pronunciado en Madrid en mayo de 1935).
  • “Si la revolución socialista no fuera otra cosa que la implantación de un nuevo orden en lo económico, no nos asustaríamos. Lo que pasa es que la revolución socialista es algo mucho más profundo. Es el triunfo de un sentido materialista de la vida y de la historia; es la sustitución violenta de la Religión por la irreligiosidad; la sustitución de la Patria por la clase cerrada y rencorosa; la agrupación de los hombres por clases, y no la agrupación de los hombres de todas las clases dentro de la Patria común a todos ellos; es la sustitución de la libertad individual por la sujeción férrea de un Estado que no sólo regula nuestro trabajo, como un hormiguero, sino que regula también implacablemente nuestro descanso. Es todo esto. Es la venida impetuosa de un orden destructor de la civilización occidental y cristiana; es la señal de clausura de una civilización que nosotros, educados en sus valores esenciales, nos resistimos a dar por caducada.” (La Falange ante las elecciones de 1936. Discurso pronunciado en el Cinema Europa, de Madrid, el día 2 de febrero de 1936).

Bastan estas citas para desacreditar la idea de que Falange propone un modelo de Estado totalitario. Totalitarismo que, por el contrario, cada día se percibe con mayor nitidez en los Estados democráticos contemporáneos, dotados por la técnica de una capacidad de control de las sociedades y los individuos que dejarían como paraísos de la libertad a los regímenes totalitarios del siglo XX.

Contra las distintas manifestaciones de este “totalitarismo democrático” del siglo XXI (dictadura sanitaria, dictadura tecnológica, biopolítica, etc.) alzamos la voz los falangistas hoy, en coherencia con lo defendido siempre por la Falange. Debemos seguir defendiendo, frente al Estado liberticida que practican unos y al Estado abstencionista que proponen otros, el equilibrio de un Estado al servicio de la Nación y el Pueblo. No el Estado como mero administrador sin misión que cumplir. Todo lo contrario. Un Estado con misión propia: la defensa de la unidad, soberanía, fortaleza y libertad de la Nación. Un Estado que sepa propiciar las condiciones óptimas para que puedan los españoles satisfacer sus necesidades materiales y espirituales y sus aspiraciones legítimas. Pero que lo haga sin menoscabo de la dignidad y la libertad personal. Sin la imposición de valores e ideologías contrarias a la dignidad humana. Sin que controle lo que decimos, lo que consumimos, lo que publicamos. Sin que monitoree todos nuestros movimientos y nuestras relaciones personales como ahora sucede en este Estado “gran hermano”.

El Estado está en crisis. Su propia evolución y la evolución en paralelo de las relaciones económicas y del ejercicio del poder auspiciada por la globalización lo han convertido en un instrumento ineficiente y, habrá que ver, hasta qué punto contraproducente. Ningún Estado es ya capaz de asegurar de forma autónoma la soberanía de la Nación a la que sirve. Y hay que estar preparado para ello, no sea que, en su caída, el instrumento técnico que es el Estado termine por arrastrar a la Nación, que es lo que verdaderamente debemos empeñarnos en salvar.

Veamos el caso español. El Estado ha multiplicado su tamaño en las últimas décadas, pero es, en estos momentos, más débil que nunca. Hemos pasado de 700.000 servidores públicos en 1975 a los cerca de 3.000.000 actuales sumando todas las administraciones. Pero nunca ha sido menos soberano que ahora, habiendo cedido su capacidad de gobernarse a la Unión Europea por arriba y, por abajo, a las comunidades autónomas.

El Estado español es más grande que nunca. Una regulación hipertrofiada nos constriñe con códigos, normas y leyes que solo se cumplen si es útil a las élites económicas y políticas. Las administraciones y los entes públicos se superponen y solapan unos a otros. Pero conforman un cuerpo gigante sin músculo, sin corazón ni cerebro. Ni un ejército capaz de asegurar nuestra defensa, ni unas fuerzas de seguridad capaces de mantener a raya a los delincuentes. Sin un sector primario con capacidad de alimentar a toda la población. Sin una industria potente en sectores estratégicos. Sin producción de energía suficiente para abastecernos. Sin vanguardia científica que permita afrontar los retos tecnológicos. Tenemos un Estado costosísimo sostenido a través de una presión fiscal asfixiante para familias y empresas que, sin embargo, es incapaz de hacer frente a nuestros enemigos externos e internos.

Así pues, defendamos el Estado, cómo no, frente a quienes apetecen la desregulación absoluta para que los poderosos puedan imponer sus intereses. Pero no le profesemos un amor ilimitado. Tengamos clara su subordinación a la nación y su carácter instrumental. Imaginemos y propongamos un modelo de organización política eficiente, capaz de garantizar la soberanía nacional, el orden, la justicia y el desarrollo más allá de las limitaciones contingentes temporales. Ese es nuestro reto.

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